domingo, 28 de marzo de 2010

tempus non fugit

Que será de nosotros que corremos detrás de las liebres equivocadas, perseguimos un horizonte distante y soñamos una vida distinta? Y si los objetivos que apuntamos son tan superfluos como trillados, qué podemos hacer para sentirnos aliviados de tanta presión que nos imponen y nos imponemos? A caso no deberíamos obrar según nuestros principios y valores, estableciendo nuestros criterios y no tomando convenciones como dogmas? El tan conocido libre albedrío se nos burla constantemente frente a la cara, escapándose elusivamente cual liebre se escapa del cazador.

En las acciones no siempre vamos a encontrar la libertad. En los pensamientos abstractos, sí. Aunque siempre estaremos limitados por un marco lógico base a partir del cual es posible nuestro conocimiento. Asimismo, nuestro lenguaje tan falaz como la lógica que se ve cotidianamente nos continúa confundiendo. Es imposible no sentirse perturbado por las atrocidades lingüísticas y argumentativas que llevan a la ejecución de los actos más terribles. Es un alivio pensar que no es nada nuevo, que la historia ya presenció el aspecto más oscuro de la humanidad. Desde el primer día del hombre, la lucha entre el bien y el mal se desató constituyendo el significado de la vida. Nuestra existencia temporal se ve matizada por una amplia gama de colores, ideologías y maldad. Pero lo que consideramos maldad no es más que el egoísmo en su mayor esplendor. Entre los hombres, aquel quien es fuerte y se aprovecha del débil intentando dejar su marca en esta efímera existencia es malo. En la naturaleza, aquella criatura que es fuerte y se aprovecha del débil es simplemente “normal”, como lo designó la naturaleza a través de su instinto. Más allá del bien y del mal, existe una realidad que nos recuerda cómo debemos actuar. Nos diferenciamos de los demás seres transitorios en que tenemos la posibilidad de elección gracias nuestra capacidad de abstracción. Esta libertad de elección en el plano abstracto es lo que nos hace libres. Si bien nuestras acciones nunca serán más que resultados de una serie de motivos y causas que se encadenaron para reflejar la intrascendencia de nuestro ser, a través de nuestras elecciones en el plano moral podemos deshacer nuestra esclavitud terrenal.

viernes, 26 de marzo de 2010

En el Baño

Gente acabo de regresar del baño muy trastornado. Fui y alguien había olvidado tirar de la cadena. Es muy asqueroso alzar la tapa y encontrar un trozo en donde uno planeaba sentarse a generar el propio. Encima cuando uno ve eso todo alrededor le parece inmediatamente asqueroso, ¡alguien estuvo ahí!, ¡y dejo eso! ¡Aaaah! Tengo que presionar el botón y hacer correr el agua, pero ya ese botón esta contaminado, me da asco, todo tiene gérmenes, de repente todo ese baño es el lugar menos higiénico del planeta, me da miedo tocar cualquier cosa, mi entorno se vuelve en mi contra, muy peligrosamente me acecha. Es estúpido, se que el individuo en cuestión no toco nada, sólo se sentó e hizo lo que tenía que hacer, su trozo sólo quedo ahí, en el agua, sin contaminar nada, pero la sensación de contacto no abandona mis manos, mi cuerpo. Mi ser ha tocado la mierda de otro. Es lo que Kundera llama el Kitsch, bah, creo que es lo que llama así, nunca entendí lo que Kundera quería decir con Kitsch. Para mí Kitsch siempre fue lo fuera de lugar, lo que se nota fuera de lugar, eso aprendí del maestro Eco, y la mierda no tiene mejor lugar que el escusado, sin embargo alzo la tapa y no la esperaba, me asusta, la noto fuera de lugar, quizás Kundera tenia razón y lo Kitsch es eso, la mierda, lo intestinal y privado.