jueves, 12 de agosto de 2010

Pensar, temer, dormir

El cielo es todo naranja y rojo; el día se desangra y el cielo se llena de esos colores. Sentada en una de las sillas del aeropuerto, veo como el día se despide, y pienso. Pienso en mí cuando era más chica, y en mi obsesión por terminar de caminar la cuadra antes de que me pasen más de tres autos porque si no mi tía preferida se iba a atragantar y morir; en las risas de mis amigas del colegio cuando se enteraron de que todavía nunca le había dado un beso a un chico; en la vergüenza negra de ser elegida última por ser tan mala jugando al hockey; en la indecisión que me daba elegir mi ropa, que nunca me gustaba ni me quedaba; en el miedo y después pánico que sentí cuando me dijeron que era joven y que ésos eran los mejores años de mi vida y me di cuenta de que desde ahí todo iba a ser cuesta abajo.

Mientras una chica flaca y linda se me sienta al lado, elegante y con aire de tengo-confianza-en-mí-misma, y habla con un hombre que parece estar meditando, yo pienso en que no tengo idea de qué hacer con mi vida. Los demás parecen tan seguros, fuertes, y enamorados; y yo sigo consiguiendo trabajos que cualquiera podría hacer, y volviendo a mi casa cada vez más vieja y cansada, comiendo un poco más cada noche para poder dormir. Y pienso en que en una reunión familiar o en alguna fiesta en no mucho tiempo ya voy a ser 'grande' y voy a quedar ligeramente fuera de lugar, como un adorno ridículo que nadie se decide a tirar.

Pero por mucho que trate no puedo ser como los demás, tranquilos, ubicados, verdaderamente ellos mismos: los siento tan lejanos como si fuésemos de razas distintas. Y tengo miedo de que todo lo que estuve pensando que viví haya sucedido en realidad, y de que yo sea esa persona que nunca va a ser una persona como las demás: tengo miedo de que mi vida no haya sido una mal sueño. De deslizarme de a poco en una rutina que me aplaste. De convertirme en una vaca, asustadiza y complaciente. De encontrarme con que me ganó el alcohol. De no disfrutar más de la música. De hablar y hablar y decis las idioteces más grandes y no darme cuenta. Y de ser vieja y estar muriéndome sin haber despertado nunca.

martes, 10 de agosto de 2010

Arquitectura elegante para vivir

Faltando ocho horas, nuevamente me pongo a pensar. Esta herramienta recursiva que tenemos para hacer de lo dificil, fácil y de lo fácil, difícil, me resulta sumamente extraña. Pareciera una maquinaria implantada en nosotros a partir de la cual adquirimos la capacidad de reflexionar, y empezar a percatarnos conscientemente de nuestra propia existencia. En virtud de ella, somos capaces de superar la unidimensionalidad de los fenómenos circundantes, tales como la lucha por la supervivencia (no me refiero a que sea trivial, sino que somos capaces de trascender a ella), la búsqueda lineal de la satisfacción, o incluso, la concepción utilitarista de la vida. En las oscuras inmediaciones del ser albergamos una luz que ilumina el camino aún por determinarse. Nuestras metas y objetivos aún no están claros, y la oscuridad circundante no hace más que potenciar la incertidumbre. Gracias a la benevolencia de una voluntad superior (o a la remota casualidad de la probabilidad estadística) fuimos dotados de una linterna cuya luminosidad varía según cualidades físicas pero en el fondo es la predisposición de uso la que nos debería importar. Nada lograrían los iluminados sin la voluntad de acción y por esto mismo resulta tan vital al desarrollo del conocimiento formal, el incentivo hacia la superación intelectual, la curiosidad permanente y la indagación filosófica. Avanzando hacia los sustentos para la posibilidad del fenómeno (que es el objeto del conocimiento) nos enfrentamos a las condiciones propuestas por el gran prusiano donde el tiempo y el espacio (junto a una tercera condición de causalidad y varias más) son "formas puras de la intuición" al preceder y estructurar toda experiencia percibida por lo individual en forma de objetos externos o estados internos. Entonces, encontramos derribado el muro para poder apreciar la realidad con todo su esplendor, como "construcciones del intelecto" a partir de las percepciones sensibles. En consecuencia, no deberíamos estar hablando de realidades objetivas ya que la verdad absoluta está más allá de nuestra posibilidad y debemos aceptarlo. De lo que no podemos conocer, mejor deberíamos callar, algo por el estilo dijo alguien en algún momento y lugar. Así mientras tanto, quedan siete horas de espera para lo que sea que estuviese esperando, aunque en realidad la temporalidad sólo sea un artificio mental. (Para cuestiones prácticas mejor me sigo manejando con las convenciones horarias ya establecidas, sino es probable que no vuelva a encontrarme con nadie salvo de casualidad.)