martes, 9 de febrero de 2010

camino al otoño

Vuelvo en el subte y pienso en que ya falta poco para que empiece el otoño. Ya sé que estamos a más de un mes, pero siempre fui ansiosa y poco feliz de estar en donde estoy; siempre fui de sabotear el verano con el otoño y de pasar el invierno soñando con la primavera. Mejor me concentro en otra cosa. Mientras miro las caras de amargos de los que vuelven siempre a esta hora, mis amigos, esos amigos con los que jamás hablaría porque si me hablasen les pegaría con lo que tenga a mano, pienso en que no quiero ir nunca más a la oficina y en que hoy el despertador sonó antes y casi me hace llorar cuando vi que todavía faltaban diez minutos para la hora de levantarme. Trato de mirar por la ventana pero soy una boluda porque no hay mucho que ver por la ventana en un subte, con suerte hay algún trabajador ferroviario atrapado, no vas a ver árboles o vacas. Árboles... en otoño las hojas de los árboles se marchitan, se mueren, pero vuelan un rato, y describen las parábolas más locas, libres al fin de todo; y caen al piso, y ahí todos las pisan y no les prestan más atención. Y sí, es algo que pasa todos los otoños, ya lo sabemos. Pero el pasto, de repente, también se muere, se quema de un día para el otro, y cuando lo veo, ¡no me lo esperaba! me pega de lleno lo absurda que puede llegar a ser la muerte. ¿Para que matar pasto, muerte? ¿Por qué no matar animales más jerárquicos, como los ciervos? Aparte lo disfrutarías más, no sé, un ciervo es más grande, aunque sea se cae y hace un ruido. Podés decir que hiciste algo en el día, escuchás el ruido y asentís con tu cráneo de muerte en tu capucha oscura y sombría. Igual despúes me bajo del subte y me compro una fanta en un kiosco y ya fue, todavía tengo que caminar unas cuadras, pienso en otra cosa. En el calor que hace en mi departamento porque otra vez se rompió el aire acondicionado. Y entonces vuelvo al otoño, porque se acercan los días fríos; los días también mueren antes, y mientras se van, rápido, con urgencia, llenan el cielo de colores de fuego y sangre y formas que evocan cosas olvidadas en nosotros, inflamando nuestros corazones. Pero basta, para cuando llego a casa ya está, ya se me pasó, pido pizza. Creo que es algo así, le digo al chico del delivery mientras le pago; quemar, quemar, quemar para brillar, rápido, que no hay tiempo; una llama, una luz que lastima, una primavera de repente, y después nada. Chau, gracias. Y después prendo la tele, y dan los Simpsons, de los viejos, por suerte.

1 comentario:

  1. El pasto es como el proletariado. Es decir que tiene un trabajo digno y árduo. Ese trabajo es además el que sostiene a ciervos/hombres/cerdos-capitalistas en sus horas de ocio (en realidad sostienen las horas de ocio de todos). La verdad que si matás al pasto/proletariado, hay caos. Y eso puede ser muy divertido, en un sentido algo sinisetro. El tipo de humor negro que yo esperaría de una Muerte personificada como la que vos describís. O un Muerte, quién sabe. Perdón, Muerte.

    Te recomiendo evitar las situaciones del kiosco: sí, sólo pedís (y pagás) una fanta, pero te llevás urticarie, que es mucho más que una fanta. A veces hasta ni encontrás la fanta, pero la irritación la encontrás seguro.

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