Me sumerjo en el mar de las sensaciones vividas y no encuentro ninguna que desee en este instante. Intento reducir mi volición al mínimo, restringiendome a satisfacer las necesidades básicas. Sin embargo la actividad cerebral exige cierto consumo de energía corporal que no puede ser satisfecho de otra forma que alimentando el cuerpo, por lo que sigo atado, cadena mediante, a la vida terrenal.
A partir de este punto, se originan miles de cadenas causales que me oprimen contra el suelo. Siento la pesada carga de llevar todo el pasado – lo que me trajo-, el presente – lo que estoy siendo- y el futuro – lo que puedo llegar a ser- encima. La sucesión de causas ad infinitum es abrumadora pero no deja de ser necesaria. Todo sucede por alguna causa, razón o circunstancia.
Nosotros, esclavos de las circunstancias, nos sentimos reprimidos de no poder ejercer el libre albedrío a la vez que nos sentimos excusados de cualquier obligación moral. Fácil es ser dirigido, difícil es guiar. Esto se traduce en una explicable tendencia de mediocres hacia el relegamiento de responsabilidades. Si tan sólo pudiéramos elevar nuestro espíritu aunque sea un poco, qué amena sería nuestra estancia temporal.
Recopilo recuerdos dispersos en diversos rincones de mi mente. La alegría, efímera como de costumbre, reside en las cosas pequeñas, casi imperceptibles. Un gesto, una expresión, un momento que tal como viene, no vuelve más. Carpe diem sería trillado e inadecuado. Mejor es: “Vive cada día como si fuera el último, y actúa de forma tal que nunca te arrepientas de lo hecho”.
El placer proveniente de la felicidad no es inherentemente reprochable. Lo que es sumamente despreciable es la infinita ambición de poseer la felicidad constante. Como si la elusiva felicidad se pudiese guardar en un cajón y poseer como un objeto. Ese concepto de propiedad que se llevó al extremo en la sociedad burguesa es lo que nos deja parados donde estamos. Ni estoicismo, ni éxtasis dionisíaco. Apreciemos lo que tenemos, no envidiemos lo que no podamos tener y sobre todo actuemos irreprochablemente. Unas simples normas, para una simple vida.